Premio Periodismo de Excelencia

Jorge Rojas:

“El periodismo que me gusta hacer inevitablemente te pone en una vereda”

El texto por el que ganó el PPE en 2013, “La partida de Hugo y Teresa”, lo terminó de poner en el radar. En éste, como en otras historias publicadas por Rojas, los personajes anónimos suelen ser los que encarnan las heridas abiertas o invisibilizadas del país. Autor del libro “Nosotros no estamos acá. Crónicas de migrantes en Chile”, concibe el oficio como una caminata en la que el recorrido es tan vital como el desenlace. En esta entrevista, mira en perspectiva algo de ese extraordinario, pero también riguroso kilometraje como reportero.

Por Ana María Jorquera

Hay una definición del periodismo que a Jorge Rojas, ganador del PPE en 2013 por la conmovedora crónica “La partida de Hugo y Teresa” (The Clinic), lo identifica plenamente. Es de la colega colombiana Ginna Morelo, quien compara el oficio con el ejercicio de “caminar con los otros”.

Caminar, justamente, es algo que Jorge Rojas hace a menudo. La curiosidad, que es su principal motor para encontrar e investigar historias, se gestó en las calles, primero de Linares -la provincia donde nació, practicó malabarismo, y junto a su familia se acostumbró de niño a leer el diario-, y luego en Santiago, la vertiginosa ciudad a la que llegó a estudiar periodismo y donde lo asaltaron apenas se instaló.

Autor del libro de crónicas de migrantes en Chile “Nosotros no estamos acá” (Catalonia, 2021), y coautor de “Empresarios zombis” junto a Juan Andrés Guzmán (Catalonia, 2017), hizo su práctica en The Clinic y allí se terminó quedando 12 años. A pesar de que al comienzo no le pagaban, le permitían escribir de los temas que llamaban su atención, y esa libertad se convirtió en su principal capital creativo.

Desde entonces, Jorge Rojas suele contar historias protagonizadas por personas comunes y corrientes que bajo su pluma y pulso callejero se vuelven extraordinarias. Como cuando contó la historia de un joven de Rancagua que se murió dentro de un frigorífico y que tituló “El muerto que nadie buscó” . O como cuando eligió mirar una de las poblaciones más estigmatizadas de Santiago desde los ojos de sus pobladores más invisibilizados, y entonces el texto “Cómo ven los niños a La Legua“, lo hizo acreedor del primer reconocimiento periodístico de su carrera, el premio Pobre el que no cambia de mirada en 2007.

Jorge Rojas pasó de The Clinic a escribir en la revista Sábado de El Mercurio. Y a pesar de que no cree en la objetividad, sí es extremadamente cuidadoso en documentar la vereda desde la cual elige mirar. “Cuando el trabajo se hace con rigurosidad no hay nada que pueda tirarlo abajo”, dice en esta conversación.

—¿Cómo se mantiene la objetividad cuando se cuentan historias de personas humildes que han sido discriminadas?

—Diría que lo que más me preocupa es ser riguroso, porque el periodismo que me gusta hacer inevitablemente te pone en una vereda que no es arbitraria, prejuiciosa ni azarosa, sino más bien el lugar desde el cual yo quiero mirar. Desde ese ángulo, la historia empieza a perder toda objetividad, porque es la perspectiva que me interesa contar. Una vez que la defino, me interesa que esa verdad que estoy contando, y que tampoco es una verdad única, esté rigurosamente documentada. Que no sea una apreciación subjetiva de lo que estoy mirando, sino que sea fidedigna y esté fundamentada en fuentes testimoniales, fuentes oficiales y documentos. Cuando el trabajo se hace con rigurosidad, no hay nada que pueda tirarlo abajo, y así evitas que alguna desprolijidad en el reporteo y en la escritura generen consecuencias negativas en otros.

—“La partida de Hugo y Teresa”, conmueve. Es como si la crónica estuviera contada por los mismos protagonistas. ¿Cómo fue sumergirse en la vida de esta familia?

—Parece ser muy complejo, pero no lo fue. Supe de esta historia apenas sucedió porque salió en un breve noticioso, una crónica muy pequeña, que básicamente relataba la historia de un femicidio. Entonces recorté ese diario y lo guardé en una caja donde archivaba noticias que se pudieran convertir en futuros temas de investigación. No reporteé inmediatamente, porque es complejo que las fuentes tengan disposición a hablar después de algo así. En este caso, se trataba de que el padre de la familia había matado a la mamá y luego se había suicidado; me parecía imprudente acercarme inmediatamente. Pasado un año, me contacté con el juez que llevaba el caso para una entrevista, ya que el caballero había dejado una nota suicida que tenía como destinatario al juez. Me permitieron ver la carpeta de la causa, en donde se encontraban esa carta y otra más, dirigida a los hijos. Me puse en contacto con la familia, y como había pasado un tiempo del hecho y el proceso de duelo y de pérdida estaba un poco más subsanado, había cierta tranquilidad. Todo eso hizo que no se sintieran muy incómodos con mi llamada, de hecho, querían contar la historia de su familia. Programamos una serie de entrevistas presenciales y por teléfono, y fui reconstruyéndola. Por cierto, los hijos no veían lo ocurrido como un femicidio porque conocían la situación de sus padres y lo atribuían a una especia de eutanasia. Ahora, si bien es cierto nadie le preguntó a ella si quería morir, ellos entendieron que fue una decisión basada en el amor. Entonces, no hubo esa resistencia inicial que puede haber en casos como este, donde hay de por medio una tragedia.

“Me interesa que esa verdad que estoy contando, y que tampoco es una verdad única, esté rigurosamente documentada. Que no sea una apreciación subjetiva de lo que estoy mirando, sino que sea fidedigna y esté fundamentada en fuentes testimoniales, fuentes oficiales y documentos. Cuando el trabajo se hace con rigurosidad, no hay nada que pueda tirarlo abajo”.

—¿Qué es lo que lo inspira a contar historias y adentrarse en el mundo de la investigación?

—A mí lo que me gusta es encontrar mundos ajenos a los míos, o sea, intentar estar en lugares en los que habitualmente no estoy, por curiosidad simplemente. Dentro del periodismo que me gusta hacer, hay una periodista colombiana muy reconocida que se llama Ginna Morelo, y que lo define como “caminar con los otros”. Eso es lo que me gusta hacer, conocer historias nuevas, conocer las vidas de los otros, conocer esos mundos desde otros ojos. Claro que esos mundos tienen que tener cierta relevancia. La idea es que puedan contar no solo las vidas de esas personas, sino que también los fenómenos que surgen a partir de esas vidas, es decir, que muchas personas a partir de ellas se puedan llegar a sentir identificadas.

—¿Cree que haber ganado el PPE produjo un antes y un después en su carrera?

—Claramente la visibilización del tema es una consecuencia de este tipo de instancias. El premio genera una segunda vida en los artículos, que vuelven a ser publicados y entonces más gente los lee. Pero, en general, yo no hago mi trabajo pensando en que un determinado tema o artículo pueda ser premiado, sino que lo hago con el mayor interés en conocer esos mundos de los otros, y si eso tiene como consecuencia que pueda ser reconocido por otras personas como un trabajo bien realizado, feliz.

“A mí lo que me gusta es encontrar mundos ajenos a los míos, o sea, intentar estar en lugares en los que habitualmente no estoy, por curiosidad simplemente. Dentro del periodismo que me gusta hacer, hay una periodista colombiana muy reconocida que se llama Ginna Morelo, y que lo define como ‘caminar con los otros’. Eso es lo que me gusta hacer, conocer historias nuevas, conocer las vidas de los otros”.

—¿Cuál es su principal recomendación para quienes se quieren dedicar al área de la investigación?

—Mi principal consejo es que exploren la curiosidad, que se interesen por el mundo de los otros, que diseñen sus trabajos con la mayor capacidad de asombro. La mayor complicación que se da -yo hago clases en la universidad también- se presenta a la hora de elegir una pauta. El conflicto tiene que ver con una estrechez de mundo que genera que las pautas sean muy reducidas y limitadas. Yo digo que pensar en el mundo del otro es como ampliar la red de temas y esa es la labor del periodista, explorar y develar nuevos mundos. Entonces esa es la invitación: caminar por otras realidades, no tenerle miedo a lo desconocido y a vivir un viaje personal por lugares que habitualmente no frecuentan, tomándolo como un desafío con interés y pasión. Abrir el mundo al que tienen acceso y mostrarle esos mundos al lector, bien contados, de manera rigurosa y fidedigna.

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